“Carta A Una Señorita En París” de Julio Cortázar

Histérico en su forma, alucínate en su concepción, tenemos presente la elogiosa recomendación de un cuento que destaca por lo perfumado, por lo paranoide.

¿Quién no ama a los conejos? Pacíficos, pachoncitos, llenos de sabor cuando se los prepara en mixiote o a las finas hierbas con miel; pues son esos mismos los también creadores de la más peluda de las demencias.

¿Cuántos puedes vomitar? Cinco, diez conejitos. ¿Cuánto tiempo pasará antes de que tu cabeza esté dando vueltas? ¿Haz escuchado el grito de un conejo?

Las aplicaciones fantásticas en Julio Cortázar están caracterizadas por resaltar elementos de la realidad del lector; no son esas fantasías modernas que nada más trabajan para satisfacerse a sí mismas, hablamos de imaginación de alto calibre.

En este precioso ejemplo, obtenido del Libro del Bestiario, leemos la eventual pérdida de la paciencia y la intención desesperada por controlar la peluda sensación de vomitar conejitos preciosos cada tanto rato.

Un cuento de Cortázar, como cualquier otro cuento, destaca en su final, es decir, todo se redondea para que el lector se sienta de alguna manera satisfecho.

Para este caso es el último, el conejito numero once, el que representará la pasión exacerbada la duda inmensa, la gota que derramó todos lo vasos.

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