El Fantasma de Canterville de Oscar Wilde

Si le rascamos un poco a la historia occidental de finales del siglo XIX, nos enteraremos que la relación cultural y empresarial de los estados unidos  y la gran Bretaña se caracterizo por ser una simbiosis forzada.

Una embelesada el su inventiva, otra emperifollada en su riqueza; una cultura capitalista con aires de liberalidad versus un mundo de hábitos y leyendas. Todo esto concentrado en un cuento magistral, divertido, rico en sabores literarios y fluido en todos sus aspectos.

Una historia tan graciosa; unos americanos en una gran mansión, tan perdidos en su superficialidad que ni siquiera una pesadilla de 500 años, de ojos rojos, cadenas estremecedoras y  grito gutural, puede impresionarlos.

Un ente que ve no solo la horma de sus zapatos, sino que pasa a ser, la burla misma de toda buena historia de terror. Uno que termina, a pesar de sus terríficos esfuerzos,  humillado ante el cinismo de una familia que para colmo de males, cuenta con dos pequeños demonios.

Y es sorprenderte como una premisa con tanta tela de donde cortar, se haya dado el lujo incluir un psicología profunda en sus personajes y no haya dejado ningún cabo suelto. Que abra espacio a temas tan comentables como la compasión y el sacrificio verdadero.

Donde redondea en las necesidades verdaderas del alma humana y que además rematara con un misterio delicioso que deja ansioso pero satisfecho a su lector. Es increíble que tanto venga contenido en un solo cuento.

La obra de Oscar Wilde es una biografía sobre la elegancia en dos partes; los cuentos repletos de genialidad, graciosos y encantadoramente estereotipados del ideal victoriano, época en la cual  brillo por su fama, y la otra, reflexiva, profunda y nacida de la decadencia personal.

Un paradigma roto, eso es este cuento; una parodia social, un planteamiento sobre el mas allá, una oportunidad de aplicar un poema singular, una doncella que no ama pero si comprende, flores, y una mancha que sangre, que bonita combinación.

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