El Jardín Sombrío de V.C. Andrews

Por: Arcano

El odio no puede existir como un concepto abstracto, necesita por obligación un objeto, un qué o quién al cual enfocarse, un símbolo de lo arrebatado y lo perdido, de las consecuencias por las cuales somos incapaces de creer responsabilidad nuestra.

No fue culpa de Olivia ser alta, tampoco no ser bonita, no fue su culpa creer en el amor a primera vista y mucho menos creer que tendría una vida feliz a lado de Malcolm.

Los años pasan y la amargura contamina su sangre, queda siempre al margen, excluida de los buenos momentos, de la pasión, del encanto, del cariño de los demás, queda impotente ante la perdida de sus hijos, responsabilidad de la indiferencia y trauma de Malcolm.

Es valorada más como un elemento practico de la mansión que como una mujer, y así a lo largo de muchos años, hasta que la indiferencia se vuelve costumbre y lo único que queda son las apariencias, lo único que queda por cuidar.

Corine, ella y todo lo que provenga de ella es el símbolo del odio posterior que Olivia ejercerá hacia los que está obligada a llamar a sus nietos. Su gracia infantil, su dulce y luminosa personalidad, esa ingenuidad y similitud matriarcal que vuelven a Malcolm la chispa de todo.

Es curioso cómo en todas las historias trágicas familiares hay un perdón y la excusa generalizada de la figura patriarcal sobre los sucesos de la trama. Malcolm es el cerdo infiel, es padre autoritario, el esposo indiferente,  parece que nadie se dio cuenta de esto.

El Jardín Sombrío es sólo una pieza sobre una saga familiar muy popular a inicios de los 80, es una telenovela trágica que necesita casi de 100 años de personajes para ser visualizada tal cual es; una dinastía maldita condenada por el odio.

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