MUTEK Nocturno 1: La Reivindicación. Parte 1

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Por Nayeli Díaz
Fotos: Facebook Mutek

Había perdido la fe, lo admito.

Un día de estos me quedé pensando en la gran cantidad de festivales que ahora se realizan en la Ciudad de México, en lo caros que son y en lo poco novedosas que resultan la gran mayoría de sus ofertas, tanto a nivel musical como visual, incluso, había tomado la decisión de no ir más a eventos en los cuales tuviera que pagar mucho dinero por ver a bandas repetidas, mezcladas entre una que otra que sí valiera ese varo invertido, en los mismos lugares de siempre, con las mismas personas de cada año, la rutina en la que uno cae sin darse cuenta cada que se programa para asistir un año más al festival en turno (si es que son de esos melómanos que gustan de ir a conciertos).

Llegó Noviembre, y con él las fechas anunciadas para recorrer algunos festivales luego del sismo del 19S, entre éstos, MUTEK.  En lo personal siempre ha sido de mis eventos favoritos, ya que apuestan por traer al público instalaciones digitales y audiovisuales yuxtapuestas con un cartel de músicos y productores electrónicos de alto renombre o con propuestas sonoras creativas. Sin embargo, en los últimos años me surgió la percepción que algo le faltaba a este festival, se había estancado, pensé.

Tocó el momento de la decimocuarta edición de MUTEK, para la cuál no sólo se había anunciado -como ya mencioné- cambio de fechas, sino también de sedes.  En el caso de los Nocturnos, el lugar se encontraba en la periferia de la zona metropolitana, allá por Tlalnepantla, para muchos un lugar lejano, para todos uno desconocido, ubicado entre una zona industrial, repleta de fábricas y comercios.  Me pareció una idea certera, algo bueno debía venir con ese cambio de venue, que por algunos años se mantuvo fijo en el Foto Museo Cuatro Caminos. Era el momento de experimentar algo nuevo y con ello darle un toque de frescura al festival.

El misterioso lugar que albergaría a los asistentes de MUTEK resultaba ser una fábrica que por lo que escuché en rumores de la gente: “fue renovada recientemente”. Entre el frío de la noche todo parecía indicar que obtendríamos una experiencia distinta a la de otros años, y así lo fue.

Basta con decir que superaron las expectativas, las personas detrás del Festival Internacional de Creatividad Digital, MUTEK, lograron consolidar un proyecto que por muchos años había generado un público que fue creciendo junto con él, alrededor de sus catorce años, pero que por alguna razón parecía no ensamblarse a la perfección, este año lo hicieron, no había duda, el concepto del festival tenía coherencia y se sentía un todo unificado, instalaciones, luces, sonido, espacios, organización, música y ambientación en perfecta armonía.

Los exponentes para el Nocturno 1 se encontraban distribuidos en tres escenarios, A, B y C.  El primero (en lógica secuencial) fue designado como el principal, y así sucesivamente.

Como es de esperarse, en un festival con tantos exponentes es difícil ver a todos y hacer una reseña que refleje la esencia del mismo, así que para no caer en el error de sólo preocuparme por juntar padecería para luego hacer un mal collage del evento, decidí dejarme llevar por los sonidos y explorar el menú para describirlo desde las sensaciones provocadas por los sonidos.

La encargada de abrir el escenario A, fue la francesa Chloé, una mujer que parece tener el control de lo que toca y produce, pues tiene la virtud de mantener al escucha atento a su acto, que va ensamblando con cortes largos y que parecen estar unificados o creados como una sola pieza, quizá debido a su afinidad por la creación de pistas cinematográficas. Ella mezcla temas que podrían acercarse a un techno minimalista pero sin encasillarse ahí, ya que tiene un lado bastante experimental que es difícil etiquetar o reducir a un solo género.

Pasé también a darme una vuelta al escenario B, donde me encontré con un ensamble mexicano formado por No Light & /*pac cuyos sonidos y visuales estaban perfectamente pensados para crear una atmósfera de texturas visuales orgánicas y sonidos experimentales que describían íntegramente lo que los ojos veían, entre visuales bicolor y luces celestes, este ensamble parecía narrar pequeñas historias que se entrelazaban con formas y ritmos.

Al terminar me di la tarea de ir al escenario C para ver de lo que allá sucedía, era la sala más pequeña pero con un público bien definido, ahí se encontraba tocando el alemán Leafar Legov, con una propuesta más ambiental y lineal, que invitaba a relajarse y viajar por sus suaves sonidos.

Tocó el turno de un acto digno de un cierre de festival -pero sin serlo-,  para mi gusto, el más prendido y mi favorito de entre todos durante esa primer noche. Con un electro puesto sólo para romper la pista y volar cabezas, en el escenario A se encontraba tocando Elektro Guzzi, un trio de veteranos austriacos que domina el techno y el electro, combinados entre lo orgánico y sintético, para aquellos que piensan que la música electrónica únicamente se genera con computadoras, estos sujetos reclaman con un bajo, una guitarra y una batería que también se puede generar algo híbrido sin perder lo emanado por los instrumentos análogos, de cuerdas y percusión.

A este acto le siguieron los 3 últimos en los escenarios A, B Y C, entre los que tuve que rondar, contrario a lo que pensé, el escenario que más me envolvió no fue en el que se encontraba Nina Kraviz, sino en escenario más pequeño, donde tocaba el mexicano Isaac Soto, y es que no hay mucho que decir para el cierre, sólo que Nina Kraviz, es de esas mujeres que genera mucha expectativa en el escenario pero termina por saturar sus sets con sonidos y ritmos demasiado repetitivos atascados,  por momentos no logra empatar y se la pasa jugando entre beats techno que parecían salidos de un ‘rave’, escuché decir a alguien por ahí, mientras ella tocaba algo muy al estilo “dance with the devil”: “A Nina todo se le perdona” -jaja ¿neta?. Me moví de escenario y visité uno con apenas poco menos de 100 personas, en donde el joven mexicano -antes mencionado- tocaba algo más tranquilo y relajado, por momentos me remitía a las primeras producciones de Nicolas Jaar.  Justo en ese último momento de la noche fue cuando caí en cuenta que los mexicanos también están generando cosas que valen la pena, muy a la altura de grandes productores internacionales y MUTEK los impulsa difundiendo sus proyectos y ampliando a sus escuchas.

Este año, el festival me regresó la esperanza, es decir, todavía hay ganas de hacer las cosas bien, no sólo bien, ¡chingonas y de calidad!, hay ganas de trabajar en colectivo, de colaborar y de fusionar ideas para promover la multiculturalidad y la pasión por la música.

Bien por los organizadores de MUTEK, la están rompiendo.

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