The Longest Ride (El Viaje Más Largo)… ¡LITERAL!

Texto: Miguel Dionicio

Quién haya visto alguna película basada en las novelas de Nicholas Sparks (“The Best Of Me”, “The Last Song” o “Dear John”), sabrá la fórmula inverosímil que maneja este autor con sus tramas. La fórmula es sencilla; un chico guapo, una chica guapa, se conocen, se enamoran, tienen algún malentendido, son de diferentes mundos, se separan y al final se reconcilian. Nada fuera de lo común como podemos observar. La recién estrenada “The Longest Ride” se adhiere a esta fórmula.

Sophia Dako (Britt Robertson) es una estudiante que está por mudarse a New York. Durante una salida con sus amigas conoce a Luke Collins (Scott Eastwood, hijo de Clint Eastwood), un jinete de rodeo. La atracción es instantánea y posteriormente inician el romance. Sin embargo, los protagonistas, como suele suceder en las obras de Spark, son de mundos distintos. Esto llevará al juicio de cada personaje principal a preguntarse si vale la pena continuar con el romance iniciado a pesar de las adversidades que supone venir de diferentes sociedades.

Al igual que las anteriores obras de Sparks, exceptuando “The Notebook” o “El Diario De Noah”, la cual, a pesar de ser del género romántico, sus personajes contienen universos psicológicos y dramáticos más profundos; “The Longest Ride” supone la repetición de las estructuras en los personajes, se cae en el cliché, en lo cursi y en lo poco creíble de las situaciones que rodean a los personajes.

La película, que puede parecer que hace tributo a su nombre por la insufrible complejidad de su guion, tiene algunos aciertos. Quizá muchos de los diálogos que pronuncian los personajes son de un tono irrisorio, puede ser cierto, no obstante, el propio guion no permite que los interpretes exploten su habilidad histriónica. La química entre Robertson y Eastwood, por momentos, logra levantar el ritmo de la película. Destacables las actuaciones de Oona Chaplin, quien su actuación así como su personaje revelan un extracto más interesante del film a causa de las decisiones que toma y también de Alan Alda, quien proporciona a ratos, el matiz de melancolía exacto, además de que representa, por su ya larga trayectoria, liderazgo frente a las figuras jóvenes de la actuación.

De esta forma, vemos que, de nueva cuenta, se repite la fórmula previsible y poco creíble dentro del ya destruido género romántico. Un final menos insultante a la inteligencia del espectador, así como una duración más corta, hubieran convertido en una oferta decente la producción dirigida por George Tilman.

Si usted, estimado lector, es de las personas que agradecen el visualizar este tipo de tramas, tan ofensivas para la economía de nuestro bolsillo, véala. Pero si usted es de aquellas, que aunque guste del género romántico pero espera una trama compleja, personajes profundos, conflictos dignos de las tragedias griegas, ¡Huya! Esto no es para usted. Finalmente usted no se pierde de un acontecimiento importante al no visualizar este film.

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