Todos Tenemos Un Payaso Dentro… Los Caligaris en el Auditorio Nacional

Texto: Andrés Vargas (Btxo)

Repentinamente, poco antes de las 19:00 hrs., la Línea 7 del Metro fue tomada por una horda de payasos, con y sin maquillaje, con y sin narices rojas, que obligaba al resto de los usuarios a preguntarse qué estaba pasando, o bien, qué iba a suceder en el Auditorio Nacional, porque, ¿Para dónde más podía dirigirse semejante troupe?

““Ya sabes, cuando Caligaris toca todo se vuelve una fiesta, es como estar en un reventón familiar”, me dijeron cuando anuncié que iba a cubrir el concierto.

Como si hasta el clima se diera prisa para ser testigo del arranque, media hora antes del pitazo inicial dejó ir una tromba fugaz, pero intensa, que fundió los fusibles del venue y subió la presión de los asistentes. Un sustito nada más, porque cuando volvió la electricidad, los payasos respiraron aliviados. Pero, ¿Qué puede borrarle la sonrisa a un payaso?

Cuatro fechas, tres sold out, con la primera que se agotó en seis horas desde el momento en que liberaron los boletos. Así, con “payasa” puntualidad, poco después de las 20:30 hrs., una enorme nariz roja con un reloj consumía cinco minutos en reversa. Vaya manera de calentar al respetable.

3, 2, 1… y ¡Pum! El escenario se convirtió en un circo de tres pistas que multiplica nuestros ojos con una potencia que provoca que la butaquería se convierta en una sucursal de la Bombonera con globos, risas, brincos y baile para seguir el ritmo a esa tropa circense que se divierte con el espectáculo que tiene enfrente.

Parejas de narices rojas, familias uniformadas, maquillaje de feria, pelucas multicolores, todos payasos contentos dejándose llevar por esa extraña mezcla que va del rock al ska, lo balkan y pinceladas de punk feliz. ¿Qué más punk que un payaso? “Entre vos y yo hay algo más que amor… si está nublado sale el sol” son los mantras que provocan esa extraña unión que sólo consigue Caligaris al violar la frontera que divide un espectáculo.

Contrario a la furia que provocan los celulares en otros grupos cuyo purismo es atosigante, Caligaris pide que los encendamos, que iluminemos el escenario, que nos tomemos una selfie, que compartamos el hashtag #EspírituPayaso “Porque todos tenemos un payaso dentro”.

“Si me ves en la calle no desvíes la mirada, que yo te daré un abrazo con espíritu payaso” claman y permiten que el respetable sea iluminado para no dejarlo fuera de cuadro. “Quiéreme así, yo a vos te quiero” y el beso de vuelta es un grito en comunión.

El primer invitado es el payaso argentino Piñón Fijo y hay monociclos, globos, serpentinas, danza aérea, trampolines y un setlist que todos conocen porque lo tienen en el coche, en la oficina, en el laburo. Después sube el Mariachi 2000 y Caligaris hace uso del traje de charro para celebrar a México.

Encima, para seguir quebrando prejuicios, el siguiente en subir a escena es Pedro Fernández y el Auditorio Nacional se viene abajo (lugar común, pero preciso). Pero Pedro, inconforme, clama: “Está bien, seguimos cantando, pero yo no estoy maquillado” y le pintan la nariz y casi les roba el show.

Esto parece no terminar. El circo se extiende tan multicolor que contagia, porque a Los Caligaris, a esos cordobeses henchidos de fiesta, los contraes como a un buen virus porque “El amor nunca pasa de moda”.

Las únicas consignas son la fiesta y el amor. Sales de ahí extasiado, silbando y sonriendo para enfrentar el mundo de forma distinta.

Fueron cuatro fechas… Cuatro de ese oasis personal.

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